Mi tatuaje

     Se abrió su pecho como las compuertas de una presa rebosante de agua. Solo se veía una cosa. Brillaba como solo brilla el dolor. Era un tatuaje, la marca de un todo. Las cosas nunca pasan por nada. Todo tiene un motivo, una causa y por supuesto una consecuencia. En este caso la consecuencia era clara. Una marca de por vida en lo más profundo de su ser. Al verlo de cerca era bello a la vez que duro. Con su lengua como aguja y su saliva como tinta, un tatuaje reposaba y dormitaba sobre su corazón. 

    Observarlo era ya un espectáculo, palpitaba con vida propia. Está vivo, sin duda. El amor grabado a fuego estaba presente. Nunca quiso ser o nunca pensó que fuese. Eso era lo de menos, pero no pensó que el amor pudiera ser tan intenso. Una diosa se había cruzado por su vida y lo habría transformado todo. 

    Ahora un oscuro mundo le contemplaba, pero había luz en lo más oscuro de su existencia, ese tatuaje brillaba. El dolor, cuando el recuerdo es bueno, es dulce, pero cuando el recuerdo duele no es dolor, es amor. Lo único que le dolía era no verla. No es fácil de explicar que el solo acto de verla cambiaba su percepción del mundo entero. Escuchar su sonrisa, oler su energía, adivinar lo que iba a decir antes incluso de que lo pensase. Una auténtica comunión vital.

    Toco su pecho y el tatuaje le dolía. El amor no tiene que doler y eso lo tenía que aprender, solo que es lo más difícil.


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